Si queremos que los escolares, al llegar a la edad
adulta, practiquen unos hábitos alimentarios
saludables y propios de la cultura de su zona geográfica,
influidos por sus propios gustos y los de
su familia, hay que “presentarles” los alimentos.
Los alimentos contienen sustancias nutritivas
bajo formas, consistencias, texturas, sabores, olores
y tratamientos culinarios diferentes.
En la infancia y adolescencia conocemos los alimentos
y sus diferentes combinaciones, a través
de la gastronomía que se practica en la familia de
origen y en las experiencias sociales (comida con
familia, amigos, comedor escolar, etc.), y cada persona
va mostrando sus preferencias. Es difícil que
un niño aprenda a comer bien si no ha entrado en
contacto con una gran variedad de productos. Por
eso, al igual que se transmiten pautas de higiene
personal, se debe hacer el esfuerzo de educar en
alimentación y nutrición.
Existen niños con buen apetito, curiosos (a los que
les encanta probarlo todo), lo que facilita la tarea
educativa de los padres. Otros, por el contrario, son
inapetentes, perezosos, desinteresados por la
comida, e incluso algunos la utilizan para conseguir
lo que desean (ir al cine, un juguete, no acostarse
temprano, ver más horas de televisión, etc.).
La educación nutricional exige de los padres
paciencia, dedicación, no hacer concesiones inaceptables
y un cierto respeto por el apetito del
niño, siempre que el crecimiento y desarrollo del
mismo, a juicio del pediatra, se encuentre dentro
de la normalidad.
Los padres que se preocupan en exceso por la
comida pueden llegar a crear en sus hijos una
dependencia no saludable en un acto que debe
ser normal y placentero. Los niños, como los adultos,
pueden tener variaciones en su apetito relacionadas
con las distintas fases de su desarrollo.
Hay épocas en las que el crecimiento se estaciona
o es más lento y sus exigencias nutricionales son
menores. Por el contrario, hay etapas en las que el
escolar come con gusto y en abundancia
como respuesta a la demanda de
nutrientes que su organismo necesita
para crecer. Esta situación debe
ser entendida por la familia.
El peso y la estatura son indicadores
excelentes de un estado
nutricional adecuado, y la opinión
del pediatra es esencial
para valorar si la situación
puede calificarse de normal o
de preocupante.
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